domingo, 17 de mayo de 2009

Conejo en la Luna **

(México/Reino Unido 2004) Clasificación ‘B-15’
Calificaciones: ****Excelente ***Buena **Regular *Mala

Conejo en la Luna, segundo largometraje del director mexicano Jorge Ramírez Suárez, a pesar de los ropajes de denuncia sobre la corrupción con que se presenta, no es más que una típica historia de suspenso en la que el protagonista es acusado de un crimen que no cometió y tiene que pasársela huyendo para demostrar su inocencia, en el mejor estilo de El Fugitivo. El hombre equivocado en el lugar ("y tiempo", como dicen los distribuidores nacionales) equivocado, pues.

Por supuesto que esto no tiene nada de malo, al contrario. Mucho del mejor Hollywood sigue esta fórmula con muy buenos resultados, pero lo cierto es que el chiste de una película no es de qué se trata, sino cómo se trata de lo que se trata. En Conejo en la Luna, Antonio, interpretado por Bruno Bichir, es un diseñador gráfico chilango que, más imprudente que ingenuamente, se mete de cabeza en un negocio con un político menor que, al menos y en su descargo, deja claro desde el principio que en el asunto ha habido ventaja y mano negra por palancas partidistas. Cuál partido, no se especifica, pero se asume que es el partido en el poder, porque la acción ocurre en el tiempo presente. El caso es que este politiquillo se ve mezclado en una intriga mayor, de esas que son una afrenta al partido, a la nación y a la democracia y, ni tardo ni perezoso, al son del saludo nacional del 10 de Mayo involucra al buen Antonio, quien pronto tiene que escapar de la ciudad de la esperanza para terminar, gracias a un descuido, nada menos que en Londres. Desde ahí tendrá que echar mano de todo su ingenio para lavar su honra, rescatar a su esposa (inglesa, por cierto) e hija de las garras de los malos y, si hay tiempo, devolverle el golpe a quienes lo metieron en ésto.

La película sigue la fórmula al establecer, si bien de manera acartonada, las bases para la intriga y la acusación infundada y luego llevar al héroe a una huida que, por supuesto, le sirve para mentenerse cerca de sus perseguidores. Uno de los problemas es la forma en que presenta a malos y buenos. Aquí los malos son políticos y funcionarios corruptos y los buenos son ciudadanos comunes y corrientes, que en su vida se han pasado un alto o estacionado en doble fila. Para mayor contraste, los corruptos no sólo lo son en los malos manejos que hacen de los bienes que los honestos contribuyentes les hemos confiado, no. Además, desde el más encumbrado hasta el último chalán, son unos cochinos degenerados que se drogan, comercian con prostitutas y se acarician con jovencitos. Así, pues sí. A ver, como dice el personaje de Ricardo Blume, tal vez recordando sus años mozos de Mundo de Juguete ¿por qué no pueden ser más como los corruptos de antes, que nomás robaban y se mandaban matar entre ellos, pero con clase? Ya no hay decencia, señor. Además, por sus puercas distracciones, cometen un error tras otro que, por supuesto, los llevarán a su perdición. Tan simple como cualquier libreto de telenovela. En cambio, qué diferencia con los ingleses que Antonio conoce en Londres, civilizados, honrados y nada mal hablados. Es chistoso que los diálogos en Español estén plagados de groserías, mientras que la única palabra "fuerte" en Inglés la suelte la esposa de Antonio, una inglesa avecindada en el D.F. Pero estaba encab*&#ada. Ni hablar, se pega.

Salen sobrando todos los detalles de perversión, las escenas anecdóticas acerca de las diferencias entre chilangos e ingleses, una subtrama de corrupción internacional y un flojo final, pero Conejo en la Luna se deja ver por lo entretenidos que resultan la huída y las desventuras de Bruno Bichir en Inglaterra (aunque hubiera valido la pena ver cómo burlaba el control migratorio en el aeropuerto londinense), y el trabajo de Jesús Ochoa, que encarna tan bien la imagen popular del judicial, si bien con riesgo de encasillarse.
(Publicada originalmente el 3 de octubre de 2004 en La Voz de la Frontera.)

3 comentarios:

El Duende Callejero dijo...

Jajaja... Lo que más recuerdo: la imagen del Bichir en plan personaje mexicano que sufre, pero ahora globalizado: en Londres, hecho bolita, viendo lejos y con un puchero marca: ¿Por qué a mí, que yo tanto que me quiero?

Ah.. Y nunca entendí para qué servía ese agujerito en la pared del burdel extraño ese...

Jo.

Joel Meza dijo...

Duende, por éso el protagonista fue un Bichir...
Yo lo que nunca entendí es por qué la muchacha que estaba del otro lado de la pared con hoyito tenía que estar vestida de monja. No había nadie que la pudiera ver, excepto nosotros...

El Duende Callejero dijo...

PSss... Porque es friki... Y ese amigo era político mejicano en fuga, y era friki. Y huuuuy, lo friki es enfermo y es malo. Y el amigo es malo... Malísimo.

¿Y a qué viene esa megareferencia al conejo de la luna, que es una pintura y hacia el final todo no gira en torno a ella? Digo, igual se hubiera llamado: ese hoyito sucio.