(México/España 2003) Clasificación ‘B15’
Calificaciones ****Excelente ***Buena **Regular *Mala
La hija del caníbal no es una comedia. Ni tragedia, ni drama ni melodrama. La esperada segunda cinta de Antonio Serrano es simplemente un mal ejercicio de técnica por parte del creador telenovelero de la malona Sexo, pudor y lágrimas, el trancazo taquillero de 1999 (los ingresos en boletaje no necesariamente son indicadores de que una película sea buena, pero usted me entiende).
Serrano escribe y dirige (es un decir) a partir de la novela homónima de Rosa Montero, que no he leído, pero supongo debe tratar sobre el crecimiento personal de Lucía, el personaje de Cecilia Roth, una escritora que miente acerca de los colores de su pelo y su reducido departamento. Al esfumarse su marido en un 28, o un 30 de diciembre, porque, huy, nos ha mentido desde el principio, según confiesa en la redundante narración que se encima a la acción, a Lucía le aparecen dos enamorados, uno viejo, el español Carlos Alvarez y uno joven, el galán evidentemente televisivo Kuno Bécker. Ambos le ayudan a localizar al desaparecido, ahora probable víctima de guerrilleros secuestradores. Lucía nos cuenta que hace tiempo “que no siento nada al hacerlo contigo”, por lo que el crimen no le afecta como pudiera esperarse y corresponde (más o menos) a los lances de El abuelo y yo, con su Mirada de mujer, claro que Todo por amor.
Por lo menos Sexo, pudor y lágrimas hacía reír fuertemente a su público con situaciones “audaces”, algo nuevo en comedias mexicanas urbanas. En La hija del caníbal los conflictos sicológicos y sexuales son tibios y forzados, más propios de las telenovelas que Argos (la compañía de Serrano) ha producido para Azteca; y el humor se reduce a corretizas capulinescas por media ciudad. Serrano agrega a su capirotada elementos de road movie al estilo de Y tu mamá también, con todo y serenata grupera para triángulo amoroso, así como falso cine de denuncia con corrupción y mafia inofensivas. El recurso de la narradora mentirosa sólo sirve para cambiar peinados y decoración, lo que nos deja una historia plana y falta de ingenio de principio a fin. Vaya, hasta el enigmático título es inútil; igual se pudo haber llamado Súbete a mi moto, Kuno el violinista (en el tejado) o La de la mochila azul.
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jueves, 16 de septiembre de 2010
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