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jueves, 20 de septiembre de 2012

Ted ***1/2


(Ted, EUA 2012) Clasificación ‘B-15’ / EUA ‘R’
Calificaciones ****Excelente ***Buena **Regular *Mala
Johnny es un bostoniano que, a sus 35 años, vive la máxima fantasía masculina: tiene un trabajo sin responsabilidades, una novia hermosísima que lo adora y un departamento de soltero donde pasa las horas viendo sus películas favoritas de la infancia (la ochentera Flash Gordon, principalmente), bebiendo cerveza y fumando yerba con su mejor amigo, Ted. Ted también bebe, fuma e intercambia guarradas y básicamente es un bolsón de primera, igualito a Johnny. Excepto que Ted es un osito de peluche.
Lo que podría haber sido una película regular de un solo chiste (“mi osito de peluche pistea y dice albures, jo jo…”), resulta ser la mayor sorpresa cómica en lo que va del año. Escrita y dirigida por Seth MacFarlane, quien lleva ya una década de éxito en la tele estadounidense con la serie animada “Family Guy” (que no he visto), Ted, la película, con su duración de poco más de hora y media, logra hilar, uno tras otro, algo así como un chiste por minuto. Y, en mi opinión y a juzgar por la reacción del público en la función a la que asistí, todos los chistes cuajan.
El tono del humor, aunque bastante negro, queda claro desde la entrada de la película. Mientras vemos una toma aérea del Boston de los años 1970s, y oímos la sobria voz del narrador (el actor británico Patrick Stewart, famoso por ser el Capitán Picard en Viaje a las Estrellas) contarnos la historia de cómo Johnny, de niño, recibió en una Navidad (“esa fiesta en que los demás niños le pegan a los niños judíos”), un osito de peluche, como consuelo por no ser aceptado por la palomilla de la cuadra. Johnny, de unos 8 años, con toda inocencia pide el deseo de que su osito pueda hablar y sea su mejor amigo toda la vida. El deseo se cumple y, en una secuencia de créditos donde se intercalan fotos y videos de la infancia y adolescencia de Johnny, vemos cómo Ted se convierte, efectivamente, en su compañero incondicional, para sorpresa inicial y luego aceptación de todo mundo.
Y así es como encontramos a Johnny y a Ted, a los 35 años, tirados en el sofá, fumando mariguana y viendo una y otra vez Flash Gordon. Johnny (ya adulto, actuado por Mark Wahlberg) no parece aspirar a nada más en la vida, pero su inexplicablemente despampanante novia Lori (Mila Kunis), cansada de la falta de compromiso después de cuatro años, trata de hacerlo entrar al redil. Ted, que físicamente no ha cambiado nada (sigue siendo un osito de peluche, pues) pero mentalmente ha “crecido” igual que Johnny y ahora habla con la voz de Seth MacFarlane, tampoco entiende la exigencia de Lori: “llevamos juntos veintitantos años y a mí nunca me has dado un anillo…” Bueno, para un oso de peluche y para un adulto treintañero es difícil entender cualquier cosa que signifique compromiso. Supongo.
El director MacFarlane debe haberse dado cuenta de que la idea del osito de peluche parlante y vicioso no daría más que para un par de chistes, ya que sabiamente opta por escribir un guión más o menos convencional, en el que los personajes intercambian líneas graciosas, una tras otra y no necesariamente en torno a la existencia de Ted. Incluso, las referencias a la cultura pop de los años ‘80s son más que los chistes en torno al osito, complementando muy bien con los cameos o actuaciones especiales. El truco está en convertir a Ted en un personaje real dentro de la historia, de modo que los demás dejen de lado el hecho de que es un muñeco. Y la constante, por supuesto, es el humor negro, irreverente y vulgar, pero bien utilizado.
MacFarlane sale bien librado, además, al combinar la comedia de la relación eminentemente masculina entre Johnny y Ted (hay que ver esa violenta pelea en donde se dicen sus verdades), con la comedia romántica entre Johnny y Lori, con todo y los obstáculos de cajón que los separan y luego servirán para reunirlos. No debe ser fácil tener a Mila Kunis y a Mark Wahlberg como protagonistas y hacerlos competir con la atracción principal, ese osito parlante. Y sin embargo, el resultado es sorprendentemente efectivo. Baste ver el poster de la película, donde Wahlberg, sentado en el sofá, viendo la tele con cerveza en mano, tiene la sonrisa más desenfadada y encantadora que puede dar. Es decir, junto a un oso de peluche.