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domingo, 5 de mayo de 2013

Iron Man 3 ***1/2

(EUA/China, 2013) Clasificación México ´B´/EUA´PG-13´
Calificaciones ****Excelente ***Buena **Regular *Mala

Será el sereno, pero yo voy a ver películas de superhéroes esperando (más o menos), lo que recibí (más o menos), en Iron Man 3. Diversión, historia interesante, personajes simpáticos, malos antipáticos con un plan jalado de los pelos para apoderarse del mundo, rescates para estar al borde del asiento, tal vez una o dos buenas peleas… ¿ya dije diversión? Para mí, esa es la clave del éxito de cintas como ésta. Si no divierte, ni para qué verla.

Iron Man 3 resulta una mejora a la serie, después de la cansada Iron Man 2, donde por fórmula se pusieron mal las cosas con la novia Pepper (Gwyneth Paltrow) y el amigo Rhodes (Don Cheadle) para Tony Stark (Robert Downey Jr.) que, para colmo, tenía que pasársela enfundado en su traje de Iron Man para pelear con un ejército de robots, por lo que no veíamos a Downey Jr. la mayor parte del tiempo y sólo oíamos su voz, con cortes de imagen a su cara, supuestamente adentro del traje. Tal vez la diferencia está en la elección de dejar descansar al director de las dos primeras, Jon Favreau (quien además hace el papel de Happy, el guarura de Stark) y pasar la batuta a Shane Black, que escribió y dirigió esta tercera entrega, al parecer con la consigna de corregir el rumbo a partir de evitar los baches de la anterior entrega.

Tony Stark sigue siendo el genio que se gana la vida diseñando y vendiendo armas al ejército estadounidense, mientras intenta conjugar su labor como el superhéroe Iron Man, con su vida privada, como pareja de Pepper quien, además de dirigir la compañía de Stark, se ha mudado a su casa y le exige más tiempo fuera del traje de metal. Por si fuera poco, los hechos ocurridos unos meses antes en Nueva York, donde Iron Man y los Vengadores enfrentaron una invasión extraterrestre (Los Vengadores, EUA 2012) tienen a Tony, comprensiblemente, en un estado de ansiedad creciente.

Afortunadamente la especialidad del escritor y director Shane Black parece ser convertir en divertidos (para nosotros, al menos) a los personajes al borde del abismo: Black escribió Arma Mortal 1 y 2 (1987 y 1989), con Mel Gibson y El Ultimo Boy Scout (1991), con Bruce Willis. Además, en 2005 dirigió al propio Downey Jr. en la comedia de intriga Kiss Kiss Bang Bang, así que no sólo está familiarizado con los personajes extremos sino también con lo que Downey Jr. puede hacer con esos personajes prácticamente tumbados del burro.

En esta ocasión, Stark enfrenta la amenaza de El Mandarín, un terrorista que coloca bombas por aquí y por allá, buscando desestabilizar a los Estados Unidos. En un arranque de rabia, Tony le canta el tiro derecho al Mandarín por televisión nacional, lo cual desencadena una persecución a lo largo y ancho del país, con Tony entrando y saliendo de su cada vez más maltrecha armadura. De este modo, podemos ver a Tony, es decir, a Downey Jr., lucirse durante una buena parte de la película, tanto en sus discusiones con su novia Pepper, como enfrentándose en persona al Mandarín y sus compinches o bien, intercambiando planes con un valiente chamaquito genio, que bien podría ser un pequeño Tony Stark en potencia, con todo y su chispa para ser contestón.

Esta decisión de mostrar más a Tony está manejada de manera muy creativa ya que el director Black sigue teniendo a Iron Man, es decir, al traje de Iron Man, en pantalla mientras Tony hace de las suyas en la persona de Downey Jr. Especialmente efectiva resulta esta presencia duplicada en la batalla final contra la gente de El Mandarín, donde vemos a Downey Jr. y a Don Cheadle correr de un lado para el otro, mientras echan bala y se dicen “de cosas”, para lucimiento de ambos actores y de paso abundando en la entrañable confianza que se supone existe entre ambos personajes y que no se había visto en las dos primeras partes. Y no me extraña, recordando la filmografía de Black tanto como guionista o también como director. Su fuerte está en las relaciones entre los personajes principales y sus ingeniosos intercambios de palabras, que nunca son condescendientes y que sí sirven para aderezar la acción, con un humor bastante cáustico (véase a Mel Gibson y Danny Glover en Arma Mortal, o a Downey Jr. y Val Kilmer en Kiss Kiss Bang Bang, no estrenada en México, hasta donde recuerdo, pero disponible en las tiendas de video y en la red, por supuesto).

Otra muestra de este estilo de Shane Black para manejar a sus personajes y sacarle jugo a sus actores y que merece mención aparte, está en la aparición de Sir Ben Kingsley, que aquí muestra al menos dos facetas tanto de su personaje como de sus habilidades histriónicas y en ambas nos deja con la boca abierta, por dos razones distintas.

En Iron Man 3, una constante en las secuencias de acción es la dimensión humana. Me parece que Shane Black hace justo lo correcto al colocar a sus personajes centrales como personas de carne y hueso, junto con otros secundarios y extras, en medio de todos los efectos especiales que, como ya es costumbre a estas alturas, no tienen pierde. Particularmente emocionante me resultó la secuencia donde Iron Man se encarga de la tripulación de cierto avión y, literalmente, me hizo aplaudir, junto con el resto del público en la matiné en que la ví.

Tony Stark regresará, nos avisan los créditos finales. Mire, si la siguiente aventura es tan divertida, emocionante y sin mayores pretensiones, justo como Iron Man 3, aquí lo esperaremos. Al borde del asiento.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Una Guerra de Película ***

(Tropic Thunder, EUA/Alemania 2008) Clasificación B-15
Calificaciones: ****Excelente ***Buena **Regular *Mala


"Querido muchacho, ¿por qué no intentas actuar?"
(Sir Lawrence Olivier burlándose de y citado por, Dustin Hoffman.)

Si la actuación es un arte y el arte es, pues qué más, artificial, ¿por qué la insistencia en que los actores se expongan a las situaciones reales que luego recrearán frente a las cámaras? De Niro manejando taxis como loco antes de hacer Taxi Driver. Dustin Hoffman sin dormir tres días para aparecer desvelado en Marathon Man. Fulano conviviendo con doctores para hablar y moverse como ellos en su siguiente película. Mengana platicando con huilas para encarnar a una en la pantalla. ¿Es realmente necesario?

El actor Ben Stiller aprovecha su nuevo turno con el sombrero de director para lanzar ésta y otras preguntitas por el estilo, en esta sátira al sistema hollywoodense que endiosa a los actores, en detrimento del resto del equipo que hace una película.

Sume usted los personajes de Una Guerra de Película y juzgue las "meras coincidencias": un actor de una sola nota cuyo mayor (¿único?) mérito es hacer una y otra vez la misma película "de acción". Otro actor de otra sola nota, estrella de películas de humor basado en funciones corporales. Oootro actor que toma tan en serio su arte, que lo aleja del artificio y lo acerca a la realidad: siendo rubio se somete a un procedimiento quirúrgico que lo convierte en negro (de su arte a mi arte...). Un rapero que se convierte en otro actor. Y otro actor, punto.

Estos cinco especímenes son abandonados, más o menos, por su director y con la anuencia de un alto ejecutivo del estudio productor, en la selva de Vietnam, en el tiempo presente. La idea es que experimenten el terror original de los soldados americanos a quienes representan en la película que están filmando y que busca narrar uno de tantos terribles sucesos del conflicto EUA/Vietnam de hace 40 años. Stiller busca pegarle a esa dedicación a hacer real lo artificial, enfocándose en los egos de los actores.

Muy sintomático de estos egos enfermos es que apenas unos minutos dentro de la película que vemos, los actores que hacen la-película-dentro-de-la-película se queden completamente solos (sin director, sin cámaras, sin luces, sin micrófonos, sin nada de nada) y estén dispuestos a creer que se sigue filmando la película. El otro síntoma es que la película que vemos nos muestra, además de los cerrados actores, dos aspectos del proceso de producción que poco o nada tienen que ver con el resultado en pantalla. En orden de aparición: el representante y el jefe del estudio.

El representante o agente, esa especie por lo general parásita que se alimenta de señalar, hacer crecer y hasta inventar fallas e inseguridades en su representado. Y todo para inflar el precio del actor en cuestión y obligar a soltar millones de dólares en gastos que, nuevamente, nada tienen que ver con la película, a esa otra especie que vive del artificio pero que poco aporta a su creación, como no sea el exigir que se complete el trabajo para poder exprimirlo en taquilla y ventas en video: el ejecutivo del estudio.

Decía, Stiller toma estos elementos que como actor seguramente conoce muy de cerca y los usa, reusa, recicla y exprime para reírse de su propia fuente de trabajo y hacernos reír a nosotros, al menos a dos niveles: uno, el de la comedia por sí misma (enredos, situaciones chuscas y hasta el socorrido humor corporal) y dos, el de la sátira que alcanza sus momentos más altos en, oh, ironía, esa visión que presenta del "player", ese todopoderoso ejecutivo del estudio que lo mismo besa la mano del Papa que amenaza con insertar la suya propia en salva sea la parte de quien se interpone en su camino.

Quisiera no pasar por alto el trabajo de Robert Downey, Jr. continuando una magnífica racha que lo regresa por sus fueros como uno de los grandes artífices de su generación, pero seguramente ya tendrá usted, estimado lector, mejores opiniones al respecto. Ni qué decir de los confiables Stiller y Black y de sus dos compañeros de apoyo, Brandon T. Jackson y Jay Baruchel, aunque mucho menos conocidos, no menos efectivos que sus famosos colegas.

De quien realmente quiero contarle un poco y ya no quitarle más su tiempo, apreciable lector, es sobre el actor que encarna al "player", al desalmado y codicioso ejecutivo del estudio. Si usted todavía no ha visto la película y no sabe aún del actor sorpresa (que no lo fue tanto a la hora del estreno, por una filtración "no autorizada" de unas fotos mostrando a dicho actor disfrazado para su personaje), deje de leer ahora mismo. O pensándolo bien, no diré el nombre pero cumpliré mi promesa de terminar pronto. Esta creación es, por mucho, lo mejor de toda la película, no tanto por el disfraz y el maquillaje, dignos de un Oscar, junto con el negro de Downey Jr. Cierto, al ver la primera imagen el actor está irreconocible, pero al decir su primera línea con su inconfundible voz, el disfraz pasa a segundo plano y empieza el verdadero disfrute: atestiguar el trabajo de una gran estrella, un muy buen actor, desatado y gozando de lo lindo su creación. Sus bailes soltando la panza y sus demás desfiguros, la verdad, son secundarios (y seguramente nada tienen que ver con la experiencia del actor en esos menesteres de ser cabeza de estudio...). Hay que oírlo mentar madres y amenazar descarnadamente a justos y pecadores. Ahí, en esas escenas, está la cereza en el artificial pastel satírico de Ben Stiller. Lléguele.